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La última lección de Dámaso

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Esta es la columna que nunca uno quiso escribir, porque cuando se muere un hombre justo como Dámaso, algo de todos se nos muere con él. No sólo se le ha muerto a su otro yo, su Feli, o a sus hijos o a Tristán, por el que el abuelo babeaba.


Dámaso se nos ha muerto a todos. También a los amigos que nos bendijo con su amistad y a ese Albacete que lo ha despedido con honores no conocidos hasta ahora en la ciudad. El pueblo nunca se equivoca. Tiene olfato suficiente para señalar como predilecto a un ser humano descomunal como Dámaso y darle la espalda a tanto rufián que se aprovecha.

El cortejo fúnebre, perfectamente organizado por nuestro Ayuntamiento, ha sido la mayor demostración de duelo popular que haya conocido, como mínimo, la historia reciente de Albacete. Cuando el cuerpo menudo de Dámaso, prendido por el único toro que pudo vencerle como fue el de la muerte, se abría paso por Albacete entre una ingente multitud, se escuchó el gritó de una mujer: “ahí va un hombre justo”. Lo máximo. Dámaso fue justo porque fue generoso del deber, amó el bien y odió el mal.


Dios estaba en medio de su corazón. Por eso templó como nadie a los toros y a los hombres. Las figuras del toreo que han acompañado a Dámaso en su vuelta al ruedo postrera deberían tomar buena nota. El pueblo no ha dado la espalda al toreo. Ahí está su multitudinaria despedida. La última lección que Dámaso lega a su profesión es la necesidad de volver a las gentes, a rozarse, entregándose, haciéndose querer y no ocultándose.


Asprona y el Cotolengo son lo que son por Dámaso. El pueblo sabe distinguir entre el que viene a darlo todo, como Dámaso, y el que viene a llevárselo. Ahí está su monumento levantado por un pueblo que lo despidió como su vida merecía. Gracias, Dámaso, fue un regalo quererte.

Profesor JAVIER LÓPEZ GALIACHO

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