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Su “torpe aliño indumentario”, tan personal, con el corbatín casi en la nuca, mandaba un mensaje total en el que predominaba rotundamente la ética sobre la estética.

51 AÑOS Y UN DÍA

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EDITORIAL. PROGRAMA "LA DIVISA" DEL 28 DE AGOSTO DE 2017

PEDRO J. CÁCERES


51 AÑOS Y UN DÍA


51 años y un día se cumplen hoy del debut de luces del gran Dámaso en su Albacete, lo hizo como sobresaliente de una novillada.



Hoy (lunes 28 de agosto) día de luto permanente por ser el aniversario de la muerte de Manolete nos embarga un profundo dolor cuando no se han cumplido 48 horas del súbito fallecimiento de otro “monstruo del toreo” que nos ha pillado a todos por sorpresa pese a que la maligna enfermedad le acechó hace 3 semanas. Una enfermedad de por sí cruel pero, en el caso del Maestro, tremendamente agresiva y violenta para fatal desenlace en tiempo record.



Hablar de Dámaso es poner a todos de acuerdo sobre un torero, una figura del toreo, al que admirar y seguir su estela tan atípica como de enorme verdad.

Su irrupción desde abajo, en las capeas. Su primer sobrenombre en los carteles (Curro Alba). Su “torpe aliño indumentario”, tan personal, con el corbatín casi en la nuca, que mandaba un mensaje total en el que predominaba rotundamente la ética sobre la estética.


El precursor ¿inventor? del “ojedismo” cuando los toros empezaron a perder su bruta acometividad y comenzaban a pararse. Él los aguantaba en la barriga y con su, casi exclusivo, temple le provocaba, sutil, para en terrenos inverosímiles conseguir longitud de muletazo, quedarse en ese sitio donde todo quema y poder ligar, por aquí y por allí, todo muy templado, lento y si no quería por ese pitón le buscaba el contrario con esos circulares invertidos (made in Dámaso) que eran tan eternos como bendiciones al sacr partido de toros que no tenían nada.



Hablar de Dámaso como figura del toreo de una amplia época, o varias por las retiradas y reapariciones producto de esa honradez desde la sencillez que ha marcado su vida, es redundar en todo lo dicho y escrito en las últimas horas con total atino, justeza y justicia pese al tópico que “en España enterramos muy bien”.



Hablar de Dámaso como persona es acabar con todos los epítetos que definan la bonhomía de un hombre, más si quien les habla/escribe se consideraba amigo suyo, que en el caso del maestro de Albacete no era un privilegio pues esparcía amistad generosa hasta el derroche.



Volviendo al toro. Dámaso conquistó un Madrid que, por ser figura e ir apoderado en casas grandes –como todas las figuras de la época- era increpado y cuestionado hasta el punto de contarle los muletazos en una falta de respeto cuya factura fue pagando la afición de Madrid hasta masticar el polvo de declararle Maestro del toreo.

Figura en España, Francia y América y hasta Sevilla, tan tópica y por lo tanto a contra estilo de la tauromaquia donde manan los cojones para ponerlos al servicio de la buena lida y buen toreo, tuvo que claudicar.



Pamplona, por supuesto, y Bilbao.



40 años y un día, dicen –no lo tengo contrastado, pero me da igual- que hace desde la tarde del 27 de agosto del 77 en que le cortó un rabo a un toro de Pablo Romero.




El “Damaso (sin acento en la a) de Albacete se ha ido sin hacer ruido, pocos sabían que se consumía a pasos agigantados, pero su multitudinario duelo de ayer domingo fue la prueba contundente de quien fue el Maestro en vida…como torero y como persona.

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