No por esperada (los últimos tiempos fueron críticos) menos sentida fue la noticia del sábado que testaba el fallecimiento del “maestro” y “torero de toreros” Manolo Cortés.

​El cielo por montera

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EDITORIAL / PROGRAMA "LA DIVISA" 27.03.2017

PEDRO J. CÁCERES


El cielo por montera


Me va van a perdonar, si fuere menester, que hoy en éste comentario editorial escriba, y hable, en primera persona.

Ha sido un fin de semana duro, emocionalmente hablando, para mí, como periodista en COPE por 30 años y en mi faceta de especialidad taurina, todo en pocas horas.

Soy consciente que este es un programa radiofónico taurino, con su web y su revista, pero no nos olvidemos que es radio y es periodismo, no soy un torero frustrado contando cosas de toros.



Es más, mi recuerdo de tantos años compartiendo sede, primero en Juan Bravo y luego en Alfonso XI, con Paloma Gómez Borrero tiene aromas taurinos del que muchos toreros no me dejaran por mentirosos cuando afirmo que hizo de embajadora de estos y les ayudó a lidiar y sortear escollos para que estos hombres de fe -que se juegan la vida cada tarde- pudieran visitar al Papa en audiencias privadas.


Esa era Paloma: generosa, complaciente con los semejantes y además divertida, mucho.

No era una “monja alférez”, no; era una periodista, maestra, que aglutinaba una serie de valores que le hacían muy “torera”: como ser la primera mujer corresponsal de TVE y una pionera, adelantada a su tiempo en conseguir, procesar y difundir información en radio, televisión y también prensa escrita.

El hábito de su cometido no propició a muchos una altura de miras para ver a una mujer vanguardista que amaba a todos en tiempos difíciles.



Al poco del sorprendente fatal desenlace de Paloma, llegaba la noticia que ahondaba en el dolor de alma de este periodista taurino: no por esperada (los últimos tiempos fueron críticos) menos sentida fue la noticia del sábado que testaba el fallecimiento del “maestro” y “torero de toreros” Manolo Cortés.


Un amigo y algo más: un ídolo en los balbuceos de este servidor de la información taurina cuyas primeras armas fueron los principales escenarios de la Tauromaquia como Madrid y Sevilla, las dos plazas emblema de Cortés (apellido de conquistador) por su clasicismo, su embrujo y su naturalidad, en definitiva su pureza de concepto y de ejecución a la que esa fidelidad le hizo tener que nadar contracorriente de corridas duras, sufrir cornadas tremebundas y hacer de su carrera un slalom de obstáculos a salvar en los despachos que , quizá, abortaran su proyección con figura del toreo (que posiblemente no lo fue) pero, nunca ni nadie, le negó su magisterio ni la profesión su “honoris causa” de torero de toreros.


Una ciencia infusa, su sentido de la lidia sin trampas (si es que en el torero las hubiere) que no quiso guardarse solo para él, sino que intentó prolongarla en su etapa de docencia a toreros tan dispares como Cepeda, Liria, Perera, entre otros.



Su faceta como apoderado pese a chocar sus conceptos con el de los empresarios la enjugó con paciencia (mucha) y memoria (alguna) para, tras una larga espera, conseguir llevar a Pepe Moral a sus momentos más felices cuando la desesperación barruntaba el abismo. Luego, el torero situado, vino el desencuentro, lo de siempre. Pero al toro de los reproches Manolo Cortés prefería el pañuelo verde a hacer ruido.


Más tarde, no hace mucho, quiso ver en la frustrada, por prometedora, carrera de Salvador Vega (más próximo a su filosofía natural como coleta) el torero en el que pudiera completar su obra como matador sin conseguirlo por falta de comprensión y apoyos.



Se nos han ido, se me han ido, dos personas cuya grandeza de cimientos de humildad y generosidad no solo son espejos en que mirarse, sino que su personalidad les convirtió en vida en personajes, quizá con poco ruido, pero con muchas nueces.


La monja que la hacían aparentar a una mujer progresista y el torero de hechos y hechuras gitano, que no lo era con pocas horas de diferencia se han puesto “el cielo por montera”.

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